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La cocaína barata inunda a la Argentina , devorando vidas

The New York Times , 23 de febrero.

Vilma Acuña tiene dos hijos que son adictos al Paco. Ella y un grupo de madres se han convertido en el único bastión contra el irrefrenable avance del paco, un residuo de cocaína altamente adictivo que se fuma y que ha destruido miles de vidas en Argentina y ha causado un círculo de violencia inducida por la droga, nunca antes visto en el país.

Este flagelo, subraya un cambio significativo en la Argentina y su vecino más grande, Brasil, el cual en sólo unos pocos años se ha convertido en un gran consumidor de cocaína. Actualmente Brasil es el segundo consumidor de cocaína más grande del mundo después de los Estados Unidos, según el Departamento de Estado.

La oleada de la droga ha sido influida por las fronteras “porosas”, las penurias económicas y, más recientemente, el paso atrás en las restricciones a la producción de coca que ha dado el presidente boliviano, Evo Morales, desde que tomó el poder en el 2006 en la vecina Bolivia. El resultado ha sido la democratización de la cocaína en esta parte de Sudamérica, la base para la invasión de cocaína más barata y de muy baja calidad.

En apenas cinco años desde que los residentes comenzaron a notar que esos cristales amarillentos eran fumados en las calles de Ciudad Oculta, un barrio de 15 mil personas en Buenos Aires, el paco se ha convertido en la droga dominante que los distribuidores ofrecen.

Sólo unas semanas después de haber probado la droga, el hijo de Vilma Acuña, Pablo Eche, comenzó a vender todas sus pertenencias para alimentar su adicción. Cometió violentos robos. En un arranque violento destruyó su casa y luego vendió el terreno, terminando solo y congelado en las calles hasta que su abuela lo llevó a su casa.

“Aquí la mayoría de los niños usan drogas” dijo la señora Acuña de 46 años de edad. “Mi hijo veía lo que estaba sucediendo con los chicos en las calles que consumían paco y siempre decía que a él no iba a quedar atrapado con eso. Sin embargo, le sucedió”.

Los desafíos para parar este flagelo son inmensos. Menos de 200 oficiales de la Policía Federal patrullan las 2100 millas de frontera que separan a Brasil de Bolivia mientras el gobierno brasileño dice que los refuerzos están en camino. Además, solo el 10 por ciento del espacio aéreo de Argentina se encuentra cubierto por el radar, dejando a los traficantes libres para ejercer su actividad.

La incautación de cocaína y allanamiento de drogas pesadas en Argentina y Brasil han sufrido un exceso en los últimos dos años. El tráfico de pasta de cocaína para preparar Crack desde Bolivia y Perú, ha sido particularmente agudo. En Brasil, tales incautaciones por parte la policía federal se cuadruplicaron entre 2006 y 2007, de 710 libras a 2700 libras .

En la Argentina , la profunda crisis financiera de finales de 2001 convirtió a lugares como Ciudad Oculta en lo que se denomina “villas miserias”, mercados fáciles de explotar para la droga con poblaciones empobrecidas que buscan una salida.

“La cocaína no es más la droga usada sólo por la elite, la alta sociedad”, dice Luiz Carlos Magno, un oficial brasileño de la división narcóticos del Departamento Estatal de Policía de Sao Pablo. “Hoy los niños compran 3 líneas de cocaína por 10 reales”, es decir 6 dólares. Por 1 dólar en Brasil o por 1,50 en Argentina, los consumidores pueden comprar suficiente cocaína para 15 minutos.

El paco es altamente adictivo porque posee una duración de tan solo unos pocos minutos -y es tan intenso que muchos consumidores fuman entre 20 y 50 cigarrillos de paco por día para tratar de mantener el efecto-. Esta sustancia es aún más tóxica que el crack debido a que el paco está hecho mayormente con solventes y químicos como kerosene, con solo una pizca de cocaína, según recalcan los oficiales estatales de Brasil y Argentina. El impulso de la cocaína de menor calidad que golpea las calles ha surgido por el fracaso en ambos países en el proceso de transformar químicamente la pasta de cocaína o “pasta base”, como se la llama, en polvo.

Las duras normas de control en el flujo de los químicos fabricados en Argentina y Brasil, limitaron el acceso a los traficantes en Bolivia que anhelan refinar la cocaína y convertirla en polvo de alto valor, afirmó el General Roberto Uchoa, secretario nacional de Drogas de Brasil.

Con este panorama, y como la calidad de la cocaína boliviana fue disminuyendo, en particular el mercado europeo la ha rechazado, agrega el general. Esto ha generado que mucha de esta droga vaya a parar hacia Argentina y Brasil. En San Pablo la policía asegura que la cocaína que se vende en la calles es pura sólo en un 30 por ciento. “Cada año están produciendo más y eso está conduciendo a que bajen los precios”, asevera Magno de la policía estatal.

Los traficantes están cortando el polvo de cocaína con todo, desde acido bórico hasta lidocaína o levadura, algo que provoca severos efectos en la salud, tales como infecciones y coágulos de sangre, según los médicos. “Es el deshecho de cocaína lo que está viniendo aquí”, afirma la Sra. Acuña. “Los chicos están fumando basura”.

La Sra. Acuña , nativa del Paraguay, está batallando contra la expansión del paco para salvar el barrio, pero también para salvar a su familia. La primer tragedia la sufrió en agosto de 2001 cuando dos traficantes dispararon y mataron a su hijo de 16 años, David, apenas una semana después de que se creyera que era testigo de un asesinato. Los traficantes ahora se encuentran en prisión por esa muerte.

Pocos años después, Pablo Eche, el mayor de sus hijos, y Leandro, el menor, de 20 años, se hicieron adictos al paco. Fue ahí cuando ella decidió ayudar a la conformación del grupo de apoyo las Madres del Paco.

Con menos de tres docenas de miembros en Ciudad Oculta, las madres tienen pocos caminos para oponerse a los dealers armados que dominan el barrio. Sin embargo, se sienten más seguras estando juntas.

Una tarde, hace pocos días, la Sra. Acuña lideró una caminata por Ciudad Oculta junto a ocho madres. Mientras caminaba por calles en su mayoría sin pavimento, y la música boliviana y paraguaya sonaba a toda fuerza desde las ventanas, ella señaló los kioscos y las casas de ladrillos rojos donde los traficantes acostumbran a vender paco. Un adolescente pasa rápidamente con una pistola calzada en el elástico del short.

Hay una pequeña estación de policía del tamaño de un garage de un auto y un auto de policía se encuentra estacionado afuera. Sin embargo, la Sra. Acuña asevera: “Desde el año 2001, la policía no entra mucho a esta zona”.

En los años recientes, los funcionarios del gobierno argentino han incrementado el presupuesto para prevención, educación y rehabilitación en la temática de las drogas, pero aún no han anunciado ningún plan a gran escala para combatir el problema del paco, que ya ha desbordado los esfuerzos locales.

En cambio, liderado por las madres, los habitantes están tomando desde hace tiempo los problemas en sus propias manos. Acuña contesta docenas de llamados por semana de madres buscando ayuda para las adicciones de sus niños y jóvenes. Ella deriva a algunas madres a clínicas y centros estatales e impulsa a otras, algunas de las cuales se encuentran ellas mismas en recuperación por adicciones, a unirse al grupo.

La Sra. Acuña trabaja en un pequeño comedor con piso de cemento donde las madres realizan muchas de sus reuniones. En la reunión del último 28 de Enero, Liliana Barrionuevo afirma que no es suficiente lo hecho hasta ahora para derrotar a los traficantes. Algunas madres llenan sus ojos de nerviosismo y temor a las represalias.

“Antes había códigos”, recuerda Andrea Cordero, otra de las madres que hace oír su voz enojada. “Los traficantes no le vendían a los más chicos y los adictos nunca consumían en público. Ahora no existen los códigos. Nosotras necesitamos levantarnos y enfrentar a dos o tres traficantes”.

El decaimiento de Pablo Eche, hijo de Acuña, fue de la mano con el de su vecindario. Su adicción comenzó en 2003, cuando tenía 21 años. Su novia de entonces tenía un embarazo de seis meses, pero lo dejó y emigró a Italia. La crisis económica argentina aún estaba devastando al país y Ciudad Oculta fue absorbida por la desesperanza.

Cada día parecía peor que el anterior. “La falta de dinero no es la pesadilla”, afirma Eche sobre la crisis económica. “Es la presión que la pobreza le causa a cada persona, la desesperación y la depresión”. Pablo recuerda que por entonces sólo “estaba buscando un camino para no sentir nada, para no sentir tristeza, para no llorar”.

Durante meses él pasaba por el kiosco ubicado cerca de la esquina de su casa donde el sabía que los traficantes estaban vendiendo una nueva droga. Algo le susurraba al oído que podía llenar el vacío que sentía dentro de una forma “barata”. “Yo siempre pasaba por ahí, pero nunca compré nada”, afirma.

Sin embargo, un día, lo hizo.

En los primeros 15 minutos el paco atrapó su vida. Pronto, no pudo conservar más ningún trabajo. Ni siquiera en el comedor de su madre. Y nunca pudo tener lo suficiente. Llegó a un punto en el que estuvo tres días sin poder dormir por los efectos del paco.

Apenas tres meses después de fumar su primer cigarrillo de paco, vendió todo y lo pudo convertir en dinero para más paco. Finalmente, durante un ataque de histeria inducido por la droga, destrozó el pequeño departamento que le había dado su madre, arrancando el techo, las paredes y sacando de un tirón el piso. A ocho meses de su adicción, vendió lo que quedaba por cerca de 315 dólares, sólo un cuarto de lo que su madre había pagado tiempo antes.

La relación con su madre estaba destruida. Le había robado no sólo a ella sino también a otros miembros de su familia. “Yo me había convertido en un desconocido para ella”, aclara. “Le causé mucho dolor”.

Al final, estaba sin hogar, hambriento y sufriendo severos escalofríos por la droga cuando su abuela decidió ayudarlo y lo llevó a su casa. Tiempo después, su madre también volvió a acercarse.

Por estos días, sus ojos se ven más claros, y su voz serena. Internado en una clínica para drogodependientes, a 40 minutos de Ciudad Oculta (es su cuarto intento de rehabilitación), el dice que está limpio (es decir, sin consumir drogas) desde Octubre.

Ahora, a los 25 años, está escribiendo una poesía de nuevo, algo que no había hecho desde los días previos a que descubriera el paco. “El futuro es incierto”, dice. “Pero estoy recuperando los sueños”.

Sin embargo se preocupa por su hermano Leandro, quién aún tiene crisis nocturnas por consumo de paco. “Yo espero que el encuentre un camino de salida”, dice. Y se lamenta por todo Ciudad Oculta. “Ahora mismo puedo ver a los chicos que hacen cola para comprar droga”, asevera cerrando profundamente sus ojos. “El paco es una plaga. De alguna manera, necesitamos proteger a los chicos del paco”.

 

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