Diario Diagonales, 29 de abril de 2008.
El análisis de Florencia Saintout *
En las últimas semanas, de la mano de los acontecimientos entre el campo y el gobierno, se han difundido informes universitarios que hablan de los discursos discriminatorios que circularon durante esos días en los medios. Se ha hablado de discursos clasistas y racistas que los medios, como actores sociales con una capacidad privilegiada de construir verdades, repitieron en infinito juego de espejos. Pero más allá de los aires de coyuntura, aparece como necesario mencionar que las carreras de comunicación vienen investigando desde hace años la relación existente entre medios (ciertos medios) y segregación discriminatoria, tanto clasista, como sexista, racial y generacional. Una muestra de ello son las investigaciones que plantean cómo es que en los medios se construyen discursos de criminalización de la juventud, y fundamentalmente de los jóvenes de sectores populares o subalternos. Es decir, cómo es que se va estigmatizando a los jóvenes como sujetos del deterioro, causantes de la peligrosidad y la violencia.
A modo de ejemplo, basta ver los modos en que cotidianamente se habla de los jóvenes desde una asociación que parece natural con la violencia. Temas como lo que se ha denominado "violencia escolar" aparecen como episodios privilegiados para desatar un impresionante aparato discursivo que desde la condena no puede explicar absolutamente nada.
El acontecimiento violento es en sí mismo el recurso explicativo: aparecen chicos y maestros golpeados, armas en la escuela, peleas y enfrentamientos, de los cuales opinan padres, directivos, y los propios jóvenes, generalmente dando testimonio de lo que pasó sin profundizar en ningún tipo de análisis y presentando la violencia escolar aislada de otras formas de manifestación violenta por fuera de la escuela. Hay una ilusión de una escuela que puede recortarse del resto del espacio social y comprenderse sólo con lógicas inmanentes. Estas noticias caratuladas como de "violencia escolar" son un fenómeno relativamente nuevo en la Argentina, y por supuesto no podemos pensar que sean los medios los únicos actores que dan origen a la temática. Pero sí podemos afirmar que los medios son un tipo de actor social especialmente destinado a comunicar, con una gran capacidad para nombrar, a través de mecanismos de simplificación, fenómenos del todo complejos.
Es así como problemáticas que tienen que ver con la desarticulación y exclusión social, con las nuevas y viejas formas de ejercicio de la autoridad, con la histórica relación entre géneros, con la creciente armamentización de la sociedad, aparecen como un tema de jóvenes "genéticamente" violentos. Es probable también que la percepción de muchos maestros sobre las dificultades que tienen para comunicarse con unos jóvenes distintos a los de otras generaciones, con demandas distintas, sean construidas como problemas de conducta y de violencia, sobre todo con los jóvenes de sectores populares y esto contribuya al imaginario de la violencia escolar. Pareciera que los docentes se encuentran perdidos ante un estatuto de juventud diferente de aquel con el se manejaba la escuela: un estallido de la subjetividad infanto-juvenil construida básicamente por el sistema educativo y que hoy se quiebra.
Finalmente, una de las cuestiones a resaltar para poner en el debate es que los propios chicos, cuando hablan, reproducen este discurso construido. A veces lo viven como un dato más de la realidad que les toca, pero otras toma un tono angustiante frente a la vulnerabilidad que les produce la sensación -real o no- de estar en un territorio violento que ningún adulto puede frenar. Ante unos discursos estigmatizadores, es tarea de las ciencias sociales, y en particular de las carreras de comunicación, el desmontaje crítico de este proceso.
* Titular de la cátedra Comunicación y Teorías de la Fac. de Per. y Com. Social de la UNLP. |